miércoles, 16 de diciembre de 2015

Palimpsesto: entonces algo se desacomoda y cruje.

Llevamos horas sin dormir frente a un computador. Creemos que estamos solos delante de algún paisaje abismal que, irremediablemente, debe ser completado por nosotros: el Microsoft Word en blanco. Entonces los caracteres –limitados- empiezan a llenar de a poco una pantalla que, de algún modo, nos remite a alguna especie de infinito.
Lo cierto es que no somos los únicos, pero de algún modo lo ignoramos, como ignoramos la mayoría de las cosas. Pesan sobre nosotros siglos de escrituras palpables, lugares comunes y verbos que completaron hojas amontonadas en centenares de libros. Sentimos un afán de originalidad que no sopesa el pasado que creemos distante, enfrascados en la burbuja de los 2.000 y la velocidad de las nuevas tecnologías.
Entonces algo se desacomoda y cruje. Borroneamos los contornos de la primera hoja que encontramos al abrir un libro de Vallejo o Ginsberg o la Mistral. Tachamos palabras como si se tratara de algún ejercicio surrealista o simplemente de catarsis. Cambiamos sustantivos y reemplazamos nombres propios a nuestro antojo. Mezclamos idiomas que nos son ajenos, pero que en el tipeo se pegan a nuestras yemas como los chicles debajo de los asientos de las micros. Nos apropiamos de verbos en des-uso y los ponemos en un orden imaginario sobre la mesa, tratando de renovarles la red argumental, de cambiarles el sujeto o – mejor - de volverlos intransitivos.
Lo cierto es que la hoja/pantalla en blanco nunca estuvo realmente en blanco. El Word fue resultado de una encadenación de scripts que creímos invisibles, pero que ahí estaban, sosteniendo millones de archivos tirados a la papelera de reciclaje y que luego, al ser borrados definitivamente, quedaron en la interfaz como cadáveres in-oloros, pero cadáveres al fin y al cabo.
El palimpsesto es la hoja que carga con escrituras que nuestro ojo no reconoce a simple vista, una pantalla táctil sobre la que borroneamos y luego rellenamos en un tipeo entre inconsciente y lúcido, entre la sensación de ser poeta joven y de jugar a ser escribiente; la pantalla que soporta escrituras que, querámoslo o no, están ahí actualizándose en la intersección de nuevos caracteres. Si buscamos en palimpsesto, si hurgueteamos un poco, encontraremos caracteres en una disposición distinta, quizás hasta diciendo las mismas cosas de un modo diferente, intentando dejar una huella tal como nosotros mismos tratamos.
El tiempo avanza rápido en el tipeo constante y el número de carillas va en aumento. Comienza a entrar una luz tenue por la ventana y nos damos cuenta de que amanece. La pantalla nos sigue remitiendo a una especie de infinito, después de todo ¿cuántas escrituras soporta un palimpsesto?


(Editorial para el primer número de la revista Palimpsesto)
Santiago, diciembre 2015.

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